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MI OTRO MUNDO

La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. Porque decidí que era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros. Sucedió así. Estaba sola en casa. Me encerré en ella, también tenía miedo, claro. Y luego la amé.

 Marguerite Duras

 

Hace algunos meses me reconcilié con la soledad. Ahora la disfruto, la invoco y sobre todo, la deseo. Una amiga me platicó que existen dos tipos de soledad; la primera la llamó la soledad sutil, la que te hace sentir plena, segura y completa; la segunda, la obscura y fría, donde te arrinconas en un cuerpo que se siente ajeno. Ambas resultan aterradoras. Estas dos formas de vida, en palabras de la poetisa Blanca Varela, no evitan a los fantasmas, los crean.

Los fantasmas me han acompañado a lo largo de mi vida. Cuando era más pequeña este acompañamiento yo lo interpretaba como una persecución constante. En ocasiones, me permitía dialogar un poco con ellos, pero en su mayoría traté de huir todas las veces que me hicieron frente. Evadiendo mi responsabilidad señalé a mis fantasmas cómo los culpables de la contienda que tenía con la soledad. Ella ganó. Me venció una y mil veces; algunas de manera abrupta y cruel y otras tantas con esa ternura, tan poco conocida, pero extremadamente característica de ésta.

Mi existencia ha estado colmada de soledad. Una soledad incómoda, incomunicante, confusa y estremecedora. Solía sentir que a mí me habían adjudicado bastante más soledad de la que normalmente acompaña a un ser humano. La experiencia humana es solitaria, sí. De igual forma yo sentía que la soledad era demasiada. Nunca supe por qué. Hasta que comencé a escribir. Recuerdo que cuando era pequeña me fui con mi papá de viaje a Puerto Vallarta. Tengo vagos recuerdos de ese viaje, excepto uno que permanece en mi memoria y me asalta los pensamientos cada vez que me pregunto qué hago aquí. Tomé prestado de mi cuarto de hotel, un sobre de piel en dónde venía la carta en la que te agradecen que te alojes con ellos y te desean una estancia placentera. Saqué esa pequeña carta y conseguí hojas blancas. Nos encontramos en el comedor y yo bajé con el que, para entonces, se había convertido en mi sobre lleno de hojas blancas. Me senté a cenar y ante el extrañamiento de ese objeto que me acompañaba enuncié: yo de grande voy a ser escritora. Unos cuantos años después, comprendí la extensa dosis de soledad con la que me ha tocado vivir.

Cada quien tiene su propio otro mundo. Lxs futbolistas, por ejemplo, practican jugadas, mejoran su técnica y su condición física en conjunto; sin embargo, en un partido están acompañados por la soledad. Son personas que individualmente tendrán que ejercer su otro mundo para que puedan funcionar como equipo. Sus contrincantes se desempeñan cómo obstáculos desde lugares y perspectivas diferentes para cada uno de lxs deportistas.

Yo tengo otro mundo que sólo me pertenece a mí. Es mío y no lo comparto ni con la gente más íntima. El mundo de mi escritura tiene un solo compañero eterno: la soledad. En esa soledad creada y buscada me encuentro yo. Dialogando conmigo misma, inventándome respuestas, creando fantasmas y comprendiendo la imponente complejidad que significa ser humano.

 

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